¡Hola a todos! Mi nombre es José Navas Ruiz. Tengo 5 años, soy malagueño y malaguista, y me gustaría contaros uno de los días más especiales de mi vida. Todo empezó el 19 de marzo, día de San José, fue mi 'santo' y mis padres me regalaron un viaje con el
Lo primero que hice al despertarme, antes de tomar mi vaso de leche, fue ponerme mi camiseta del Málaga, en la que llevo puesto mi nombre y el dorsal de mi jugador favorito (el 10 de Apoño). Estaba muy nervioso y no podía parar de reír. Nos dirigimos al Aeropuerto, donde nos habían citado a las 12:00 de la mañana. Con inquietud, miraba hacia la puerta para ver si llegaban los jugadores, pero nada, una y otra vez eran señores despistados buscando un vuelo a Dublín. Después de un buen rato ya estaba algo cansado y aburrido, y no dejaba de preguntar: "Papi, ¿cuándo llegan los jugadores?", y él contestaba: "Pronto José, pronto". Mi padre recibió entonces una llamada que nos decía que el vuelo retrasaba su salida por no sé qué motivo, y que habría que seguir esperando. Cada vez más cansado, la desilusión se apoderó de mí. No entendía nada y yo sólo quería ver pronto a mi equipo.
A partir de entonces, el día cambió y comenzaron a suceder cosas que no podré olvidar en la vida. El autobús del Málaga Club de Fútbol vino a recogernos al aeropuerto y me pude subir en él. Estaba sentado en el mismo sitio donde antes lo habían hecho Apoño, Duda, Luque, Edu Ramos. ¡¡Todos mis ídolos malaguistas!! Nos atendió un hombre muy simpático que llevaba una chaqueta negra con el escudo del Málaga bordado. Al principio me daba un poco de vergüenza, pero luego nos hicimos amigos y nos ayudó en todo. Cuando subimos al autobús nos regaló unas bolsas con cosas del Málaga y después, en el aeropuerto y el avión, me ayudó a conseguir los autógrafos y fotos de todos los jugadores de mi equipo que viajaban, como yo, a Valencia.
Me llevaron a un hotel a almorzar. No lo sabía, pero era en el que los jugadores descansaban antes de los partidos: el Hotel Guadalmar. Estaba con mucha gente mayor, pero todos me trataron estupéndamente y no me faltó de nada. Hasta tuve tiempo de hacerme amigo de los periodistas malagueños que acudían a Valencia con nuestro Málaga. Después de comer, uno de los señores que viajaba con nosotros invitó a los mayores a tomar café en su pizzería. Fuimos andando, porque estaba cerca. Se llamaba Frascatti. El autobús vino a recogernos y volvimos al Aeropuerto, donde aguardamos otra vez la llegada de los jugadores. Estábamos en la puerta de acceso y fue increíble. Uno a uno, comenzaron a llegar mis ídolos. Rodeado por todos, casi me sentía uno de ellos. El Presidente vino a saludarme, me hizo mucha ilusión porque mi padre dice que es el Capitán Sanz y a mi me recuerda a los dibujos animados. En el autobús que me llevaba al avión pude hablar con el entrenador y los jugadores. Y el utillero Miguel Zambrana me ayudó a subir las escaleras antes de que iniciásemos el despegue.
Ya en el avión, me senté detrás de Munúa, que no paraba de preguntarme qué tal me lo estaba pasando. Aproveché para coger mi cámara y hacerme fotografías con todos los jugadores. Eran de verdad, como yo, ¡¡algunos incluso jugaban a la video consola!! Me parecía increíble. Víctor no dejó de atendernos y ayudarnos, sentía muchísimo el retraso. El Presidente le había transmitido que disculparan las molestias que nos hubiese ocasionado el retraso y que estarían pendientes de nosotros. Cuando por fin llegamos a Valencia, yo ya no me acordaba ni de los tiburones, ni del oceanográfico, lo único que quería era ir al estadio y que empezase el partido cuanto antes.
Mi tío Lolo (Morta 80) no paraba de hacerme fotos en el estadio y jugar conmigo. La verdad es que era más grande que el nuestro, pero yo me quedo con mi Bombonera. Me sentí extraño, porque todos los que me rodeaban llevaban la equipación del Valencia. Parecían un mar de color naranja y nosotros una pequeña isla perdida en el océano de color blanquiazul. Me llevé un berrinche por el resultado, pero todo se compensó cuando, en el Aeropuerto de Valencia, Apoño se acercó, me llamó por mi nombre y me regaló su camiseta. Me sentí el niño más feliz del mundo. Lo cierto es que del resto del día me acuerdo poco, estaba muy cansado y me quedé dormido. Cuando desperté, mi padre me estaba arropando en la cama. Todo había sido un sueño, un sueño echo realidad.
¡¡¡Gracias MÁLAGA!!!